Había una vez…

Esta historia se parece a la que escribió el dramaturgo inglés; aquella que cuenta el terrible y trágico amor de dos adolescentes cuya inocencia se vio manchada para siempre por el odio y el rencor.  

A diferencia de esos famosos amantes, los de esta historia no conocieron la muerte a corta edad; bueno, no ese tipo de muerte en donde dejas de existir sino que experimentaron otro tipo de muerte, de esas que se sufren a diario y en silencio. Las que son reservadas solo para los que aman a pesar de todo, hasta de ellos mismos. 

En un pueblo que parece más infierno que hogar, dos familias crecieron juntas en prosperidad. Julián; ingeniero eléctrico de profesión era hijo del hombre responsable por las primeras luces en aquel lugar y cargaba con orgullo el patrimonio familiar. La represa de San Sebastián abastecía el pueblo los dueños eran Julián Gonzáles y Alfonzo Mendoza, su entrañable amigo. Cuentan las malas lenguas que la paz de ambas familias se vio interrumpida porque Beatriz, esposa de Julián miraba con celo y desconfianza a Verónica de Mendoza; una mujer mucho más hermosa que cualquiera en aquel olvidado lugar. El pleito escaló de ser una simple tontería de amas de casa hasta ser una disputa que dividió el pueblo y sus habitantes. 

Con el paso del tiempo los mayores murieron heredando a las nuevas generaciones las rencillas, la represa creció junto con el lugar existió una división que obligaba a los pobladores tomar partido escogiendo el lado del pueblo en donde querían habitar. 

Margarita, nieta de Julián, e Ignacio el nieto de Alfonzo se marcharon del pueblo justo antes de comenzar sus estudios universitarios. Poco o nada se sabía de la vida de los jóvenes; ocasionalmente llegaban rumores o noticias de ellos. La graduación, el matrimonio, los hijos, el divorcio y así fue transcurriendo el tiempo hasta que un buen día la noticia de que Margarita regresaría a San Sebeastían sacudió ambos lados del pueblo. El regreso iba acompañada del rumor de que vendería su parte de la represa, decían que haría limpieza y echaría a la calle a los empleados. 

Las familias del pueblo estaban arrepentidas de haber tomado partido, la incertidumbre no solo embargaba el lado que era fiel a los Gonzáles sino que llevaba preocupación a los del lado de los Mendoza. 

De un carro escoltado se bajó una mujer con la elegancia de la ciudad y la sofisticación del extranjero, Margarita González sin lugar a dudas. Para sorpresa de todos; el nieto de Alfonzo llegó minutos después.  La reunión se celebró en las oficinas de la represa, cuentan los testigos que los abogados hablaron más que los dueños. Que eran frías como las mañanas de diciembre las mirabas que intercambiaban los descendientes, era obvio que la disputa había trascendido las generaciones y ahora era su turno para odiarse. 

Al salir ambos tomaron caminos diferentes, el joven visitó la tumba de sus padres y ella decidió conversar con un par de pobladores, se rumoraba que ofrecía en venta la casa de su familia, tal parecía que no quería que ningún lazo la atase a San Sebastián. 

El alcalde, como todo político y preocupado por la inminente gravedad del futuro decidió celebrar una cena para darle la bienvenida a los “hijos pródigos” que regresaban a su pueblo natal. Ambos lados del territorio estuvieron de acuerdo en celebrar el evento y  las preparaciones no se hicieron esperar; las mujeres hicieron gala de sus habilidades culinarias, el párroco de la única iglesia coordinó al coro de niños para que amenizara la velada, todo estaba listo para el banquete, todo excepto la confirmación de asistencia de los invitados de honor. 

-Agradezco mucho su gesto, padre. Pero no tengo intenciones de estar en el pueblo para ese día, parto mañana mismo a primera hora hacia la capital. 

– Eres igualito a tu madre; ¿te lo han dicho? 

-Sí, con frecuencia. Le repito padre, muchas gracias pero debo marcharme. 

Ignacio subió las gradas del hotel que conducían a su habitación; el padre Jacinto quedó en el vestíbulo, con el fracaso entre sus manos y la impotencia reflejada en la mirada. 

-Usted ni nadie logrará que Ignacio y Margarita estén en la misma mesa, padrecito. 

-¡Darío; tanto tiempo sin verte muchacho! ¿qué te has hecho? 

-Trabajo con Ignacio, padre; y como le dije, usted no podrá lograr lo que se propone, no pudo ni el amor, mucho menos este pueblo. 

Después de varios intentos Jacinto decistió de sus indagaciones, Darío era fiel a su patrón y amigo, jamás soltó prenda más que aquellas palabras, mismas que resonaban en la mente del sacerdote camino a la municipalidad. 

-Es inútil. Él no vendrá. 

-Ella tampoco, padre. Mi mujer recién recibió noticias, hace un par de horas Margarita se marchó para la capital. 

– Qué se sabe de la venta, ¿en manos de quién quedará la represa?

-De él. Ella le ha entregado todo a él. 

-¿Cómo es eso posible? 

-No lo sé, lo único que tengo seguro es que no planean cerrarla, pero han exigido que se cumpla un requisito para que la represa no pase a manos de terceros. 

-¿Cuál es? 

-Que ambos lados del pueblo se unan, que ya no exista división. 

-¡Cristo redentor!

Al día siguiente Ignacio se marchó con los primeros rayos del sol, dejando a Darío encargado de la represa, él era hijo de una familia humilde que en su momento sirvió fielmente a ambas familias. La división de San Sebastián fue mermando con el tiempo y al pasar los años la leyenda de lo sucedido fue contada a las nuevas generaciones. El padre y el alcalde fallecieron con unos cuantos años de diferencia. Darío en su lecho de muerte pidió que el nuevo sacerdote escuchara sus pecados en busca de la última absolución. 

Un día; cuando ya casi nadie recordaba lo ocurrido, encontraron un viejo diario perteneciente al padre Juan, en él habían muchas historias, entre ellas la de Margarita e Ignacio. 

“Con la adolescencia llegó el primer amor, pero este no era como los otros, no era común, no era puro ni libre. Era un amor marcado por el odio, por la herencia del rencor, por la división de un pueblo. Los amantes lucharon contra todo, hasta contra ellos mismos, solo para darse cuenta de que aquellas viejas rencillas estaban manchadas de pecado porque que en sus venas corría la misma sangre” 
Bien dicen, uno no escoge de quién se enamora, pero sí con quién decide pecar. 
Evelyn M. Barker. 

De los caparazones y de tu amor 

Cuando tenía 7 años mi abuela me llevó a dar un paseo, la municipalidad de San Pedro Sula está ubicada justo en el parque central de la cuidad. Mientras ella hacía sus trámites me quedé sentada junto a una fuente llena de tortugas, las observé un rato y comparé su velocidad al nadar contra su lentitud al andar. El caparazón las atrasa mucho, debe ser muy tedioso andar cargando semejante peso. 

Dos años después leyendo un cuento   cargado de metáforas sobre ellas, el recuerdo de aquella tarde se dibujó en mi mente con absoluta claridad; mentiras, no llevan a cuestas su casita sino un estorbo para caminar. 

Con la edad porque no puedo decir que con la madurez; ya todos saben que no he madurado ni un carajo sólo pretendo, cuando miro tortugas pienso: suelta eso, solo te atrasa. 

Así pasó con el amor, con el tuyo

Se sumergía esplendorosamente por mi alma, con el cálido espejismo de su existencia, pero jamás tocó tierra porque es inútil. Nunca supo hacerse realidad. 

Evelyn M. Barker

Salvación, Vol 1. 

A veces se nos rompe tantísimo el alma que no podemos soportar el ruido que hacen los pedazos al caer. Se nubla la coherencia y se llena de espinas la voz; dejándonos en completo silencio, ahogándonos en dolor, dispuestos a todo y a nada a la vez. 

El sol brillaba en su punto más alto, la carretera estaba despejada; Lucia manejaba a la velocidad reglamentaria de la zona. El Gran Torino del 69 era de su padre, ella lo conservaba en optimas condiciones; es el carro perfecto para escapar le decía a su madre cuando la cuestionaba por gastar dinero en ese “viejo perol”. 
Mientras conducía, el sol iluminaba su cabello destellando la miel de su color. Su rostro estaba apacible, pero en sus ojos habían huellas de tristeza, retazos de dolor. El vestido que arropaba sutilmente su figura, dejaba al descubierto sus majestuosas piernas que terminaban en un par de pies descalzos. 

Su mente traicionó la calma y un recuerdo revivió violento dibujando con absoluta precisión dos cuerpos enredados entre las sábanas. El placer de ese instante estremeció su cuerpo, estrujó sus ojos como quien quiere suprimir un orgasmo ó quizás borrar un recuerdo. Pero fue inútil, su risa retumbó por los asientos del carro, se impregnó de su olor cada espacio y por un breve segundo Miguel estaba ahí, con ella. Acariciando su piel, besando sus labios. Recordó cada palabra, cada silencio, cada sueño y lloró. Con el llanto vino la claridad, el agua removió todos los recuerdos, los gratos y los tormentosos. 

Su cuerpo marcado y su alma en el piso; gritos, llantos, furia, dolor, traición, días, meses, años de angustia y desesperación. 

Recordó cuán duras pueden ser las manos, los pies, cuánto pueden doler los golpes que salen de la boca y cuánto tarda en cicatrizar la piel. 

Tomó un desvío y la carretera se volvió inhóspita, el viento olía a desolación y ya no habían más recuerdos. Manejó por un largo tramo, el sendero llegó a su fin al borde de un abismo. Existe algo tan poderoso en el filo de un precipicio, es algo tan definitivo que nos asegura que cualquier cosa tiene un final, es cuestión de cerrar los ojos y saltar. 

Lucia salió del carro, buscó sus zapatos en el asiento trasero, se calzó y observó por un momento el vacío. Regresó al Torino, abrió la cajuela y contempló con calma lo que había dentro. 

Miguel dormía profundamente, sin aliento. 

Lucia encendió el viejo perol y comenzó a empujarlo hacia el precipicio, poniéndole punto final a su cuento. 

Tardó dos horas en encontrar compañía, una pareja de jubilados que iban con los bolsillos llenos de ahorros y el corazón contento dispuestos a jugar con su suerte en cualquier mesa del pueblo más cercano. 

En el asiento de atrás, Lucia sonreía complacida escuchando las trivialidades de los eternos enamorados: 

-Querida, la música no necesita palabras para ser comprendida, escucha. 

-¿Cómo se llama esta melodía? 

-Salvación, Lucía, salvación. 

Evelyn M Barker. 

Instante

Durante las tres horas y cuarenta minutos que duró el viaje Anna durmió plácidamente recostada en el hombro de Luís. Él leía los últimos capítulos de una vieja novela, sumergido en la historia de un mercader y su mujer quienes tienen la fortuna de encontrar a un niño huérfano perdido en un tren. 

Al llegar al hotel se dieron un baño e hicieron el amor, el sexo es otra cosa que a veces se asoma por las sábanas de seda. Luís y Anna se aman, lo suficiente como para vivir bajo el mismo techo; a pesar de ser un amor tierno ya camina solo, toma decisiones y conoce la prudencia. Esa que viene con los años y los daños, la que nace de la existencia del ayer.  

Ese amor aprendió a respetar los amores del pasado, no los nombra, tampoco les teme pero sabe que existen. 

Mientras el chofer le explicaba a Luís los aspectos históricos de la ciudad Anna practicaba sus habilidades de vivir en el aquí y ahora, por ningún segundo pensó en algo más que este presente.  

La cena comenzó con un par de tragos, un brindis por las nuevas oportunidades, los inversionistas atentos a las ideas de Luís, las esposas haciéndole preguntas triviales a Anna, evitando ser muy íntimas, evitando ser muy formales. La danza de las relaciones públicas ese ritmo que a todos nos hace movernos al mismo compás. 

Una pareja entró al restaurante y fueron llevados a su mesa, frente a ellos, Anna observó el ritual de los asientos, la indecisión que provoca cualquier menú, la primera copa de vino. Un par de sonrisas cálidas, la compañía de quienes llevan toda una vida juntos. El amor ajeno es como una tormenta, la podemos ver sin mojarnos y aún así sentir frío. 

De pronto; Anna sostuvo la mirada lo suficiente, él la reconoció. 

Fue como si el tiempo se detuviera,  pero solo para ellos dos. Los demás seguían con la rutina, con el momento inadvertidos de aquel otro amor. De él mirándola como cuando se ve por primera vez el océano, de Anna controlando los latidos de su corazón que más que palpitaciones parecían golpes, retumbando por todo su pecho. 

Luís hacía lo propio, los extraños se convertían en amigos, mientras ella en la otra mesa despreocupada hablaba del clima, de los niños y de sus planes por remodelar la cocina. 

La risa reinaba en la mesa de Anna y Luís quiso demostrar su felicidad dándole un beso ligero en sus mejillas, eso debió sentirse como caerse de un culumpio, él continuó sonriéndole a ella, a lo lejos Anna se excusaba con los presentes levantándose de la mesa, dándole gracias a Dios que ninguna de ellas quiso acompañarla. 

Necesito un lugar donde poder respirar sin ahogarme, pensó. 

El mármol y los espejos gigantes hacían parecer el espacio más grande más frío, Anna se sentía indefensa ante todo ese sentimiento. Golpeó suavemente un par de veces su cabeza contra la pared y dijo: cálmate, mujer. No destruyas lo que otros han construido. 

Al reponerse del pequeño ataque de histeria se dispuso a seguir como si nada cuando al dar la vuelta él estaba justo ahí. En silencio observándola. 

Qué podían decirse, cuáles eran las palabras adecuadas. El instinto pudo más que la prudencia y sin pensarlo estaban abrazados. El silencio se hizo profundo y solo se escuchaba latir un corazón. Quizás eran dos que se habían hecho uno. 

Un beso, de esos que arrancan el alma, un suspiro que más que aire nos llena de vida. Un amor que no tiene principio ni fin solo existe porque no tiene otra alternativa, porque es inevitable como cuando sale el sol. 

-Debes irte. 

-Lo sé. 

Anna salió con la frente en alto dispuesta a continuar con su vida, la cuenta ya había sido pagada y las despedidas no se hicieron esperar. Atrás quedaba él con su presente, su futuro, con el corazón más pesado, con los recuerdos de ese instante por revivir. 

Evelyn M. Barker. 

4:35am 

Fumaba en la esquina junto al puesto de los periódicos y el encargado comenzaba su faena, eran las 4:35am. Los titulares no presentaban nada fuera de lo común, las mismas tragedias en diferentes caras, los escasos logros de un país que al igual que muchos luchaba por mantener la cordura en tiempos difíciles. 

Marcos iba por el último jalón del cigarrillo cuando por fin el canillita le extendió un diario, ¿esto es lo que espera? preguntó el hombre golpeado por la rutina y los años. 

No, pero muchas gracias respondió Marcos pagando el periódico. Sin hojearlo lo dobló bajo su brazo y siguió contemplando el edificio de la esquina. 714 Living 5 pisos de apartamentos mayormente empresarios y solteros. 

Faltando 10 para las 5 se abrió la puerta del edificio y salió Luna a correr. El tipo de los diarios comprendió todo al ver a Marcos, su postura cambió y todo su cuerpo se puso tenso como quien no quiere dejar escapar un suspiro.  

-Ella sale a correr todos los días a esta misma hora, se lo cuento porque tengo la corazonada de que no está aquí para hacerle daño, sino para enmendar uno ya hecho. 

-¿Cómo puede saber eso usted sin conocerme? 

-Los hombres solo hacemos este tipo de cosas cuando queremos perdón o necesitamos saber si el objeto de nuestro amor o deseo está bien. Además si quisiera hacerle daño no se hubiese puesto aquí frente al semáforo con la cámara de velocidad disparando con cada cambio de luz. 

Marcos sonrió de la astucia del viejo, de lo simple pero a la vez certero que era su razonamiento y en efecto había dado en el clavo con sus observaciones. Él no estaba ahí para dañarla, eso ya lo había hecho. 

La rutina se repitió por un par de semanas, con el paso de los días Marcos y Felipe compartían una taza de café y un par de pláticas, Felipe era un profesor retirado que por miedo al aburrimiento había decidido abrir un kiosco en aquella zona y así mantenerse activo, Marcos compartía con él su pasión por la economía y las finanzas. Mientras tanto Luna no faltaba a su cita con las calles de Madrid, corría por 60 minutos y regresaba a casa, Marcos se aseguraba de verla llegar después de la faena luego emprendía camino y regresaba a la misma hora siempre. 

Después de dos meses en el mismo asunto, Felipe decidió invitar a Marcos a desayunar mientras Luna corría. 

-Mi esposa dice que la dejaste por otra y ahora te arrepientes. Creo que ella está equivocada y como casi nunca se equivoca he decidido preguntarte qué sucedió con esa mujer. 

-Tu mujer está equivocada. Soy un hombre soltero. 

-Entonces, ¿me dirás qué sucede? 

-Luna y yo debimos conocernos hace 5 meses, de hecho lo hicimos pero creo que ella no lo recuerda. Una amiga en común arregló una cita a ciegas y yo llegué tarde. 

-¿La gente aún hace eso? Sabes que existen aplicaciones en tu móvil para este tipo de cosas, ¿cierto? 

-Eres un hombre muy moderno Felipe. 

Marcos calló por un momento y luego continuó con el relato. 

-Llegué tarde por estupideces sin importancia, no fue porque no me interesara la cita, de hecho fui yo quien le pidió a María para que lo arreglara todo. La conocí en su boda y aunque solo la vi por un par de horas, quise saber más de ella. 

El día que llegué tarde a nuestra cita ella se topó con un hombre que se interesó por conversar con Luna en el café donde quedamos en vernos, una cosa llevó a la otra y salieron por un par de semanas. Yo seguí con mi vida pero siempre me reprochaba mi tardanza, fue hasta hace un par de meses atrás que coincidí con María en una reunión y me contó lo sucedido. 

En un altercado el hombre golpeó a Luna quebrándole un par de costillas. Ella presentó cargos y el mal nacido tiene una orden de restricción. Luna estuvo en el hospital un par de días y cuando regresó comenzó a correr como parte de su terapia. Es por eso que me aseguro de que todos los días lo haga. 

-Dios, qué historia tan terrible y tan alejada de cualquier conjetura lógica. Te sientes culpable. 

-Mucho. Debí estar en el lugar que me correspondía en el tiempo justo. No debí llegar tarde. 

-Esto iba a suceder de una forma u otra no te culpes, Marcos. No es sano. 

-Si esto hubiese sido un accidente o cualquier otra cosa no sentiría tanta culpa. El daño se lo hizo un hombre que tomó mi lugar ese día por mi tardanza. Yo jamás la hubiese dañado sin importar si lo nuestro funcionaba o no. 

Los dos terminaron su desayuno y regresaron al puesto de periódicos, el suplente de Felipe le entregó las cuentas y Marcos vio a Luna regresar de su recorrido. 

Se despidió y Felipe continuó con su día. 

A la madrugada siguiente el puesto de periódicos estaba cerrado y Marcos llegó puntual a su cita. Luego de un cigarrillo la puerta se abrió y salió Luna, en lugar de comenzar a correr cruzó la calle y caminó hacia Marcos. 

Dos semanas después Felipe recibió a su primer cliente del día. 

-Buen día Marcos, qué gusto verte por aquí. 

-Hola Felipe, un gusto verte. Me das el diario por favor. 

-Por supuesto, hay buenos estrenos en el cine para este fin de semana, ¿Luna y tú planean quedarse en casa? 

-No, iremos a Cercedilla. 

-Disfruten mucho, abrazos a Luna. 

-Nunca te agradecí, Felipe…

-No hay necesidad, hijo. Ve aprovecha tu día. 

Evelyn M. Barker. 

El cielo está en la otra esquina

Sentía como cuando estás flotando pero no estaba mojada, qué tristeza pensé, quizás solo estoy suspendida y no estoy cerca del mar. Por una extraña razón tuve ganas de pararme, quizás estaba incomoda, no me gustan los sueños en los que no tengo los pies en la tierra, aunque durante mi adolescencia soñaba mucho con que podía volar, eran tan exhuberantes que odiaba despertar y estoy segura de que de ahí se origina mi mal humor cada mañana. Traté de ponerme en pie y fue imposible entonces quise girar hacia la izquierda muy a mi pesar porque estaba segura que de hacerlo me caería de nuevo de la cama. Ya estoy muy vieja para estos sueños dije en voz alta, no lo estás me respondió un hombre.

¡Mierda!

No estoy soñando, quizás son las pastillas del estrés y estoy en mi oficina haciendo el ridículo seguramente, pensé. Tenía miedo de abrir los ojos pero lo hice; estaba en un bosque hermoso pero a juzgar por la niebla y el frío que comencé a sentir estábamos muy alto.

Inmediatamente después de abrirlos caí al suelo. Estaba húmedo, lleno de hojas y algunas ramas, ay mis nalgas dije, la voz habló de nuevo y dijo:

-No mientas, tú ya no sientes dolor, estás muerta.

-¿Muerta del todo?

-No hagas preguntas pendejas.

-Malcriado, te van a quitar las alas por jetón, le dije al hombre de tez morena clara, de ojos color almendra que estaba parado frente a mí.

-Yo no tengo alas, esas son babosadas de cuentos, yo estuve vivo como tú, morí y me dieron este trabajo.

-FUCK!

Esto se pone cada vez peor; estoy hablando con un muerto que dice que estoy muerta. No puedo creer que exista vida después de la muerte, qué maldita trampa. Se supone que se nos acaba el tiempo no que nos mudamos de vecindario. Esto sí que es una porquería y tengo tan mala suerte que no hay ni ángeles, tan bonitos que se miran en los vitrales de la iglesia.

-También puedo leer el pensamiento.

-¡Tu puta madre!

-¿Quién es la bocona ahora?

-Explícame rápido cómo es el trámite aquí y dime cuál es mi trabajo.

-Ay Evelyn, siempre tan dispuesta a la rutina. Lo aceptas todo para luego hacerlo de mal humor, ¿no te parece una semejante estupidez?

-Pues sí, pero ni eso evoluciona en esta otra vida.

-Esta no es una nueva vida, mujer. Esto solo es un “por mientras”.

-Por mientras me mandas al cielo, lo dije en un tono afirmativo, ni siquiera se me cruzó por la cabeza formularlo como una pregunta, el hombre echó a reír y sus carcajadas retumbaban por todo el bosque, eran tan fuertes que movían los árboles dejando caer más hojas y gotas de agua.

-Carajo, quién eras cuando estabas vivo, ¿Drogo el de Game Of Thrones?

-¿Qué es eso? Llevo muerto 300 años.

En lugar de cuestionarlo sentí lástima por él y aparentemente no solo leía el pensamiento sino que también las emociones, bajó la mirada y encogió los hombros como quien resignado.

Debe ser terrible no descansar jamás…

Me explicó brevemente una jerga de que había sido un hombre muy emotivo y eufórico en vida y que como regalo por su trabajo, más bien como pago, sus emociones ahora eran de tal magnitud que era capaz de quebrar los árboles con una carcajada.

Qué bonito pensé, luego medité un poco en mis emociones y en que si me sucediera lo mismo estando en ese lugar, nos llevaría la chingada por mi mal carácter…
-A ti no te pagarán por estar aquí, solo estás de paso.

-Juzgando por tu risa no voy para el cielo, ¿entonces?

-¿A dónde crees que mereces ir?

Reí. Fuerte, pero ninguna pinche hoja se movió.

-Yo nunca he creído en esa separación de territorios, el cielo y el infierno no existen para mí. Los uso en oraciones, en expresiones pero en realidad yo pensaba que al morir nos volvíamos polvo y con eso acababa el cuento. Obviamente estoy equivocada, digo, estamos muertos y aquí seguimos.

Recordé la frustración que esto me provocaba y busqué donde sentarme aunque no estaba cansada, de presto oscureció casi como a punto de amanecer, él caminó un poco y luego la luz del sol entró sutilmente entre las ramas.

-Es impresionante, ¿verdad?

-Sí, ¿transcurrió un día?

-Varios, aquí el tiempo pasa diferente.

-Ya me quiero ir. Pero no me mandes al cielo, o al infierno, si estoy muerta que así sea, no tiene caso seguir.

-Vaya, qué decidida, y si te digo que en unos días verás a todos los que amas. Tomando en cuenta que aquí transcurre el tiempo diferente, eventualmente podrías reunirte con todos.

Entonces comprendí que en vida había aprendido a soltar, y que a pesar de que los míos son todo lo que alberga mi alma, no quería encontrarlos aquí. Mi tiempo si ya se ha terminado que así sea, prefiero irme para siempre ha estar con la maldita intermitencia del que regresa cada vez que puede.

-Ya sabes lo que pienso, ¿me vas a ayudar?

-No está en mis manos, Eve.

Caminó un rato en círculos y por último me dijo:

-Recibí instrucciones; podrás reunirte con los tuyos en la otra esquina, pero si no lo deseas, acuéstate, flotarás de nuevo, hasta desaparecer.

Él se fue y yo le dije gracias.

Luego de soltar lo último que quedaba de mí, me acosté en suelo y floté.

No quiero irme aún, pero si me voy, que sea para siempre.

Evelyn M. Barker

Los 3 tiempos (Basado en hechos reales) 

La cabaña cerca del río es el único lugar en el mundo que no necesita música, sólo tu respiración. 

Era una mañana tibia, aún no ardía el sol en el cielo pero ya todo estaba consumado, salí con su camisa puesta arropando la piel sensible de mi cuerpo exhausto.

La cocina tenía un aroma dulce, las frutas de la mesa inundaban todo el recinto con su olor, quién necesita flores pensé, cuando hay mandarinas y melocotón. Abrí la nevera y saqué los huevos, el tocino y la leche, puse a hervir el agua para el café. Con el perfume de los alimentos se despertó, escuché el sonido inconfundible de su viejo encendedor. Caminó hacia la cocina, buscó el diario y tomó asiento.

Es increíble cómo palpita mi alma cuando está cerca, mi cuerpo emite pequeños espasmos, mis sentidos se agudizan y mi respiración alza vuelo, parece un colibrí, agitando cada aliento.

Al estar listo el manjar me acerqué a su silla, le serví en el plato y él deslizó su mano entre mis muslos; separó levemente mis labios y me acarició. Su gestó duro muy poco pero fue suficiente para hacerme llover, luego retiró sus dedos, tomó un trozo de tocino y se lo llevó a la boca. Comió.

Ese día pasamos las horas en la cama, no hubo más alimento que el sexo y el amor.

Al día siguiente desperté y me dijo:

-Puedo comer de ti los tres tiempos, pero hay algo que no tienes y quiero.

-¿Qué es? pregunté consternada.

-Café, respondió.

Evelyn M. Barker.