No sé

Con la madurez la vida tiende a verse en blanco y negro; la gama de colores se reserva solo para aquellas cosas que nos toman por sorpresa como la alegría, el amor o el mismísimo dolor. Pero generalmente las decisiones cotidianas como pagar las cuentas, beber un buen vino, coger o comprarse un par de zapatos son simplemente preguntas cerradas, sí o no.

Aquella tarde, el cansancio del camino me puso más complicada que de costumbre y sin poder evitarlo en mi cara se reflejaba el tedio, incluso la desesperación. Mientras llegaba a mi destino me tomó por sorpresa una duda, pensándolo bien creo que era un reproche.

Siempre tengo que viajar hasta el culo del diablo para verlo, pensé. En realidad no me molestan las maletas ni siquiera las despedidas, hice un brevísimo recuento y de las 3 veces que he amado en mi vida, dos de ellas me han llenado de millas el pasaporte, incluyendo la presente. La espina que me punzaba no era cruzar océanos completos, sino la incapacidad de encontrar el amor a la vuelta de la esquina, o por lo menos en el mismo condenado país.

No se trata de los hombres de aquí o los de allá. Son hombres. Punto.

Es clarísimo que el problema soy yo, es de esas cosas que reconozco fácilmente. En blanco y negro. Puedo llenar la página de conclusiones baratas sobre mis carencias de apego y mi pereza emocional, pero es irrelevante. Aquí el punto es que el viaje me permite algo que desesperadamente necesito y sé que está mal. Huir.

A veces, cuando dos personas se aman crudamente y sin envoltorios les resulta muy fácil percibir el estado de ánimo de su ser amado. Reconozco que al principio me asombraba que fuese recíproco, es decir nadie quiere sentirse predecible, pero estoy aprendiendo todos los días a aceptar que me conoce de verdad y también todos los días hago mi lucha por sorprenderlo.

Miguel maneja respetando los parámetros viales a cabalidad. Así que un viaje de quince minutos se convierte en veinte o veinticinco eternidades. Supongo que años atrás, cuando los treinta eran más frescos y los cuarenta lejanos debió conducir como desquiciado porque ante mis reproches responde: nada bueno trae la prisa, María. Durante el trayecto mi acostumbrado mal humor y la dosis extra que me provocaba el reproche de mis carencias, me hundieron en un profundo silencio.

-Eventualmente, todo lo que importa duele.

-Voy a robarte esa frase, Miguel.

-Adelante. Pero primero me cuentas qué te trae avergonzada.

Justo en ese momento volví a ver todo como un maldito arcoíris.

Es verdad, me da vergüenza admitirlo, pero es más fácil así. Lejos. Cerca lleva mucho trabajo, mucho esfuerzo, mucha prudencia, mucha paciencia y mucho amor.

Cerca no tiene excusas de tiempo o distancia.

Cerca no tiene mucho lugar para adormecer la rutina con la sorpresa. Cerca es a la vuelta de la esquina. Y no es que no haya encontrado el amor cerca, es que quizás cuando lo encontré me cambié de banqueta.

-¿Crees que si vivieses en Honduras esto sería lo que es?

-No.

-Puta, ni lo pensaste.

-Estoy seguro que solo hubiese sido un acostón y ya. Vienes casi siempre solo por 5 días, al tercer día ya usas el celular, al cuarto haces las maletas y al quinto ya me hablas en futuro. En los primeros meses me molestaba, a veces hasta dudaba de tus compromisos urgentes pero siempre tengo presente a tus hijos así que dispensaba tus prisas.

Cuando comencé a visitarte más seguido me di cuenta de que al tercer día me llevabas a comprar recuerdos para mis hijos y hasta para mi ex esposa, al cuarto me organizabas la maleta y el día de la despedida agendabas en tu calendario un día normal con la pequeña excepción de 8-10am que dicta “aeropuerto Miguel”

Ya sé que me amas. De eso no tengo duda.

También sé que me amas más porque no estoy cerca. Porque no tenemos oportunidad de hastiarnos, de llenarnos de fricción o aburrimiento. Está bien, a lo mejor el amor debe ser así.

Lo que me preocupa es que te importen demasiado los motivos que te hacen amar de esta forma. Va a terminar doliéndote y no quiero que me perjudique a mí.

-¿Cómo te podría perjudicar?

-No te gusta cargar con culpas ajenas y menos con las tuyas. Vas a terminar haciéndome el culpable y me mandarás a la mierda.

-¡MIGUEL ÁNGEL!

-¿Qué?

-Te pasaste el semáforo en rojo.

-Lo sé, pero ya llegamos, vete quitando ese poco de ropa que traes puesto. Hagamos el amor antes de que todo lo que te dije te haga eco y comiences a pelear sin argumentos.

Al quinto día ya cuando había pasado la hora de la cena me puse cómoda en su escritorio y comencé a revisar correos, hice un par de llamadas y me cepillé los dientes.

-Pásame la otra almohada.

-Nunca te he preguntado por qué duermes con tantas.

-Me da miedo caerme, ¿algo más que desees saber de mí?

-Sí, ¿para cuándo tu boleto de regreso?

-No sé.

Evelyn M. Barker

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Ventana

Parecía una película de esas que exageran la felicidad y la perfección. Veíamos a una mujer que vestía un hermoso traje azul combinado con zapatos negros, su cabello sutilmente recogido sin esfuerzo, a un hombre que portaba un traje negro y corbata roja como del color de la sangre. La pareja perfecta era observada a través de un enorme ventanal mientras compartían la cena, el vino y la conversación.

Detrás de la venta estábamos nosotros, siendo una versión alternativa de esa pareja perfecta, menos pulida y mucho más real. Pero en aquella versión tu papel era de otro, y observabas a tu suplente tomar las riendas de la vida que algún día soñaste.

-Desde aquí pareces ser muy feliz.

-Lo soy.

-Sin mí.

-Son dos tipos de felicidad, esa es relativa, depende de la bolsa de valores, del evento social, del clima, del viaje, hasta del champán. La nuestra es visceral, necesaria y a la vez escasa. A cuenta gotas, como el veneno o el amor. Depende solo de nuestros cuerpos, de los latidos de nuestras almas, del viejo colchón.

-Él no se imagina que eres feliz conmigo.

-No te burles, tampoco sabías de esta felicidad hasta que te traje al pie de la ventana.

-¿Me has traído para que yo sepa que te sobra la felicidad?

-No, estás aquí para que sepas que también puedo ser feliz sin ti y estoy segura de que puedes serlo sin mí.

Ambos contemplaron unos minutos más la ventana,  sintiendo cómo el tiempo prestado que compartían era más valioso que cualquiera, porque en esos escasos momentos que le robaban a sus otras vidas no necesitaban caretas, filtros ni placebos para ser feliz.

 

 

Evelyn M. Barker

Para vos, A.

Despedida

El vuelo fue increíblemente corto a pesar de la distancia, o así lo sentí. Salí un jueves y regrese el mismo día una semana después.

He recorrido este camino incontables veces, ninguna se le parece a la otra, la mayor parte del tiempo el motivo es él.

Al llegar me esperaba una cara familiar, el trayecto del aeropuerto a casa me resultó un tanto incómodo, supongo que el cuerpo rechaza de antemano el peligro pero a veces estamos tan distraídos que no lo reconocemos. Quizás es porque todo lo que se refiere a él obtiene mi mayor grado de atención que fui capaz de percibir en mi piel el hormigueo.

Sentía el pecho oprimido, la respiración acelerada. Pensé que al verlo se calmarían mis miedos, sin embargo su abrazo fue breve, muy frío, su sonrisa entre cortada y sus ojos evitaban los míos.

La comida me cayó como plomo en el estómago, después del segundo whisky esperaba sentirme más relajada pero era como tirar el alcohol en saco roto. Cuando ya no pude más con la inquietud encendí un cigarro, luego de un par de jalones me dispuse a hablar.

-Si ya lo sabes, por qué me hiciste venir hasta aquí.

– Quería confirmar si tenías o no valor de hacerlo. Veo que valor tienes de sobra, lo que me sorprende es que tengas tiempo.

-¿Tiempo?

-Sí, supongo que debes estar increíblemente ocupada, después de todo una boda no se planea en un par de días.

-Hay mucha gente planeando la fulana boda, no me necesitan. Lo único que tengo que hacer es caminar sin tropezarme y pasar de los brazos de mi tío hasta los de él.

Su expresión era serena, como quien ya hizo las paces con la desgracia, o quizás como los que no se arrodillan ante nada.

Los días pasaron y no se volvió a tocar el tema; estaba ya dicho todo, esta era nuestra despedida y no perderíamos el tiempo en reproches, en planes improvisados, en reparar lo que siempre estuvo roto.

La noche antes de partir, hicimos el amor como si no hubiese prisa. Como si mañana tendríamos la oportunidad de hacerlo de nuevo y así por el resto de nuestra vida.

No sé por qué abrí la boca. A veces creo que porque soy mujer y me muero por saber hasta lo que no me conviene.

-¿Por qué me voy a casar con él y no contigo?

-¿Me lo preguntas a mí? Yo no tengo nada que ver en eso, Evelyn. Es tu vida, es tu “novio” es tu futuro. Tú vives otra vida paralela a la mía, con otras personas, en otros caminos. No es mi culpa, ni tampoco mi deseo pero no puedo hacer nada para cambiarlo.

Esa es la parte que te toca vivir a ti sola. Yo solo estaré presente si así lo decides. Pero ten en cuenta algo muy importante; yo no quiero tocar mujeres ajenas, tampoco compartir la mía.

Ya saben lo que sucedió; pedí lo que él no tenía intenciones de darme, o lo que en aquel momento no me merecía. Grité, lloré y me fui casi huyendo, dejando a mi paso el peor de los recuerdos.

En el camino de regreso, que dicho sea de paso lo sentí eterno, recordé sus palabras.

“No te amo para casarme contigo, te amo para hacerte el amor”.

Mi corazón se rompía en mil pedazos. ¿Por qué no? Si otros querían. Por qué él no. Lo maldije. Luego me arrepentí.

Diez años después, una madrugada mientras conversábamos después de hacer el amor me miró como con remordimiento y entonces me dijo:

-Cuando por fin regresaste, lo más difícil de todo fue explicarle a tu corazón por qué lo rompí.

Evelyn M. Barker.

Así como dice la canción.

Tengo las palabras tristes, el alma estrujada, la melancolía revuelta y escucho tu voz llamando a otras gentes, pronunciando otros nombres menos el mío.

Supongo que esto es extrañar.

Almacenamos tantos instantes, hasta los más triviales y no nos damos cuenta de la proporción que adquieren cuando nadie nos hace compañía. Si fuésemos capaces de cuantificar el daño que nos hace guardar tanto maldito momento no andaríamos por ahí, tristes, recordando.

Yo por ejemplo recuerdo las cosas más estúpidas; el reloj que te dio tu padre, el sombrero que compraste en Cuba, las sábanas de aquella cama en la capital, el dulce de leche que comías con el pan. Estupideces, cosas que a nadie le importan, solo a mí.

También recuerdo el libro que lees solo cuando estás muy aburrido, se frunce tu frente como si estuvieses resolviendo la fórmula para curar alguna enfermedad, como si no comprendieses las palabras o si estuvieses aprendiendo un nuevo idioma. Pero yo sé que te lo sabes de memoria, porque era mío y me hacías leerte capítulos enteros mientras manejábamos por aquel pueblo.

Te extraño. Aún cuando no quiero, incluso cuando estoy acompañada, te juro que muy a mi pesar, te extraño.

Soy todo lo que dije que jamás sería. Un saco de anécdotas que no puedo contar porque tendría que justificar demasiado y ya me conoces, odio las explicaciones.

Un manojo de silencios que todo el mundo mal interpreta. Una excusa para no reír y un nudo en la garganta que no me permite ni llorar.

Te extraño, creo que te seguiría extrañado incluso si estuvieses a mi lado.

Ya sé que fui yo quien dijo adiós.

Piensa lo que quieras, llámame incongruente si gustas, solo estoy ejerciendo mi derecho a extrañar.

Evelyn M. Barker.

Salvación, Vol 1. 

A veces se nos rompe tantísimo el alma que no podemos soportar el ruido que hacen los pedazos al caer. Se nubla la coherencia y se llena de espinas la voz; dejándonos en completo silencio, ahogándonos en dolor, dispuestos a todo y a nada a la vez. 

El sol brillaba en su punto más alto, la carretera estaba despejada; Lucia manejaba a la velocidad reglamentaria de la zona. El Gran Torino del 69 era de su padre, ella lo conservaba en optimas condiciones; es el carro perfecto para escapar le decía a su madre cuando la cuestionaba por gastar dinero en ese “viejo perol”.
Mientras conducía, el sol iluminaba su cabello destellando la miel de su color. Su rostro estaba apacible, pero en sus ojos habían huellas de tristeza, retazos de dolor. El vestido que arropaba sutilmente su figura, dejaba al descubierto sus majestuosas piernas que terminaban en un par de pies descalzos.

Su mente traicionó la calma y un recuerdo revivió violento dibujando con absoluta precisión dos cuerpos enredados entre las sábanas. El placer de ese instante estremeció su cuerpo, estrujó sus ojos como quien quiere suprimir un orgasmo ó quizás borrar un recuerdo. Pero fue inútil, su risa retumbó por los asientos del carro, se impregnó de su olor cada espacio y por un breve segundo Miguel estaba ahí, con ella. Acariciando su piel, besando sus labios. Recordó cada palabra, cada silencio, cada sueño y lloró. Con el llanto vino la claridad, el agua removió todos los recuerdos, los gratos y los tormentosos.

Su cuerpo marcado y su alma en el piso; gritos, llantos, furia, dolor, traición, días, meses, años de angustia y desesperación.

Recordó cuán duras pueden ser las manos, los pies, cuánto pueden doler los golpes que salen de la boca y cuánto tarda en cicatrizar la piel.

Tomó un desvío y la carretera se volvió inhóspita, el viento olía a desolación y ya no habían más recuerdos. Manejó por un largo tramo, el sendero llegó a su fin al borde de un abismo. Existe algo tan poderoso en el filo de un precipicio, es algo tan definitivo que nos asegura que cualquier cosa tiene un final, es cuestión de cerrar los ojos y saltar.

Lucia salió del carro, buscó sus zapatos en el asiento trasero, se calzó y observó por un momento el vacío. Regresó al Torino, abrió la cajuela y contempló con calma lo que había dentro.

Miguel dormía profundamente, sin aliento.

Lucia encendió el viejo perol y comenzó a empujarlo hacia el precipicio, poniéndole punto final a su cuento.

Tardó dos horas en encontrar compañía, una pareja de jubilados que iban con los bolsillos llenos de ahorros y el corazón contento dispuestos a jugar con su suerte en cualquier mesa del pueblo más cercano.

En el asiento de atrás, Lucia sonreía complacida escuchando las trivialidades de los eternos enamorados:

-Querida, la música no necesita palabras para ser comprendida, escucha.

-¿Cómo se llama esta melodía?

-Salvación, Lucía, salvación.

Evelyn M Barker.

Los 3 tiempos (Basado en hechos reales) 

La cabaña cerca del río es el único lugar en el mundo que no necesita música, sólo tu respiración. 

Era una mañana tibia, aún no ardía el sol en el cielo pero ya todo estaba consumado, salí con su camisa puesta arropando la piel sensible de mi cuerpo exhausto.

La cocina tenía un aroma dulce, las frutas de la mesa inundaban todo el recinto con su olor, quién necesita flores pensé, cuando hay mandarinas y melocotón. Abrí la nevera y saqué los huevos, el tocino y la leche, puse a hervir el agua para el café. Con el perfume de los alimentos se despertó, escuché el sonido inconfundible de su viejo encendedor. Caminó hacia la cocina, buscó el diario y tomó asiento.

Es increíble cómo palpita mi alma cuando está cerca, mi cuerpo emite pequeños espasmos, mis sentidos se agudizan y mi respiración alza vuelo, parece un colibrí, agitando cada aliento.

Al estar listo el manjar me acerqué a su silla, le serví en el plato y él deslizó su mano entre mis muslos; separó levemente mis labios y me acarició. Su gestó duro muy poco pero fue suficiente para hacerme llover, luego retiró sus dedos, tomó un trozo de pan y se lo llevó a la boca. Comió.

Ese día pasamos las horas en la cama, no hubo más alimento que el sexo y el amor.

Al día siguiente desperté y me dijo:

-Puedo comer de ti los tres tiempos, pero hay algo que no tienes y quiero.

-¿Qué es? pregunté consternada.

-Café, respondió.

Evelyn M. Barker.

Presos (basado en hechos y deshechos reales) 

¿Cuánto de ancho por cuánto de alto debe tener la jaula para no sentirse preso?
La mañana se vistió de gris fielmente con su llegada; la gata se acomodó en el sillón de la esquina. Pobre animal a leguas se nota que se siente desplazada.

Dejó sus maletas a un lado de la puerta, se quitó primero los zapatos y luego la camisa. Su pecho está delineado sutilmente y se reconoce el esfuerzo, la piel se marca con la rutina. Suspiró cansado como quien ha viajado muchos kilómetros, para ser exactos desde Guayaquil hasta esta tierra en medio de otras y rodeada de azul profundo, trajo tres maletas pero parece que no tiene intenciones de desempacar ninguna.

-Hola.

-Hola.

Se sentó en la cama y desabrochó su faja, acarició mis piernas levemente hasta llegar a mi vientre, me rodeó con sus brazos la cintura. Puso su cabeza sobre mi estómago y me dijo:

-No sé si voy a quedarme.

En ese momento pensé; descuida amor, yo tampoco hago planes contigo.

Después de comer y beber hicimos la cena, partimos el pan y servimos el vino. Hablamos de Francia, los gatos, del pájaro muerto y de los pedazos de su alma al enterrarlo.

Fumó un cigarro que compartió conmigo, se dio un baño y durmió como si fuese un recién nacido.

A la mañana siguiente lo sentí mirarme, abrí los ojos y sonreí.

-Se fue.

-¿Regresará?

-Si lo hace no es para estar conmigo.

-¿Qué harás?

-Nada, yo ya no estoy en edad de desesperarme como si fuese niño.

-Comprendo.

Supe que venía a contarme su final, quizás para que yo recordara el mío. Entonces me pregunté una vez más por nosotros y resolví que era mejor separar mis labios y sentirlo dentro de mí.

Después de soltar el alma entre suspiros hablé.

-¿Por qué siempre regresas conmigo?

-Porque me gusta esta jaula, porque me hace sentir en libertad, sentirme vivo.

Eventualmente deshizo las maletas hasta que una noche yo hice las mías.

Entre él y yo nos turnamos con los regresos y con las despedidas.

 

Evelyn M. Barker